
Rocío Silva, Tatiana Berger, Mariela Dreyfus, Susi Gutierrez, Patricia Alba en recital de poesía. Archivo personal de Rocío Silva.
Otro testimonio de primera mano llega a nosotros. Rocío Silva Santisteban nos cuenta sus primeros pasos en San Marcos, universidad a la que acude en busca de una intensidad que no encontró en los claustros de la Universidad de Lima. San Marcos fue para ella el comienzo de su etapa como poeta, pues conoció de cerca el mundo en el que los poetas de ese entonces circulaban y fue allí también donde emprendió su propia producción artística. El testimonio fue publicado en su blog Kolumna Okupa en febrero del 2008. Disfrútenlo.
En 1979 se había instalado la Asamblea Constituyente para iniciar una nueva etapa del Perú. Eso era lo que yo pensaba cuando tenía 16 años y estudiaba Quinto de Media. Los 80 comenzarían de forma completamente diferente a los años anteriores: se iba a reiniciar la democracia, iría a las votar en las elecciones, se produciría un cambio. Recuerdo que ese año asistí a la Asamblea Constituyente y vi desde las graderías los debates, así como a Víctor Raúl Haya de la Torre presidiéndola. Haya, Cornejo Chávez, Hugo Blanco. Me entusiasmó todo eso: se discutía, incluso se peleaba (recuerdo que me impresionó la vehemencia de Ricardo Napurí), se hablaba en voz alta sobre diversos temas. A pesar de que desde tercero de secundaria estaba absolutamente segura de mi vocación por la literatura (escribía cuentos y poemas), el siguiente años ingresé a la universidad para estudiar Derecho y Ciencias Políticas. A luchar por la justicia. Eso era lo que ingenua y honestamente quería hacer.
Pero el Derecho no era lo que yo pensaba —menos en la Universidad de Lima— y la democracia tampoco. No recuerdo cuándo empecé a decepcionarme pero tal vez coincidió con la aparición de perros muertos colgados de postes de luz en Lima. Todos llevaban un letrero que decía infaltablemente: “muera el hijo de perra de Deng Xiao-Ping”. En esos años —de duro aprendizaje— encontrar un perro colgado de un poste era una situación casi normal: vivíamos a la vuelta de Macondo. Aunque no entendía por qué exactamente alguien, a miles de kilómetros de China, denostaba a su presidente. Después el apócope de ese grupo (algunos le llamaban “grupúsculo”) fue demasiado importante: Sendero Luminoso. Precisamente un año antes habían declarado el ILA (Inicio de la Lucha Armada) y hasta 1992 no pararon en lograr su propósito.



